25 agosto 2012

«Hasta el año que viene»
Los niños y niñas de Chernobil
vuelven a Ucrania
Diez meses sin Katerina y Juliya
El Correo
asociación CHERNOBIL elkartea

Diez meses sin Katerina y Juliya

Los niños de Chernobil se funden en un abrazo de despedida con sus familias vascas de acogida y regresan con las defensas renovadas.

Existen muchos tipos de despedidas. Las hay sentidas, solemnes, alegres y hasta frías. Pero el de ayer fue un adiós especial. Estaba envuelto en gratitud y cariño, pero sobre todo de vida y salud. Ayer se marcharon los 270 niños de Chernobil que aterrizaron en el aeropuerto de Loiu el pasado 17 de junio para dar un respiro a sus cuerpos y huir de la radiación nuclear que asola la región ucraniana desde 1986. Durante algo más de dos meses, han compartido sus vidas con cientos de familias vascas que les han acogido como si fueran uno más. Noventa de ellas eran vizcaínas.
Su partida nada tuvo que ver con la llegada. «Aterrizaron con caras enfermizas, delgados y débiles», explica Marian Izaguirre, presidenta de la Asociación Chernobil; regresan llenos de fuerza, con rostros lozanos y una maleta cargada de recuerdos. Aunque muchos de los chavales son aún muy pequeños y les resulta «duro» separarse de su entorno, su verano en Euskadi es de vital importancia para su desarrollo en el futuro. A lo largo de las nueve semanas de vacaciones se alejan de una tierra herida de muerte por un fantasma invisible, comen alimentos no contaminados o respiran aire puro.
«La radiación les afecta al sistema inmunitario y son propensos a ponerse enfermos», aclara Izaguirre. Unas semanas fuera de sus casas supone un balón de oxígeno no viciado para estos chavales de entre 6 y 17 años, que les ayudará a afrontar mejor el gélido invierno septentrional. «Aquí les cambia la cara, mejoran sus defensas, engordan y es increíble lo mucho que crecen», explica la timonel del colectivo responsable de la iniciativa.
María Jesús y Patxi llevan tiempo arrimando el hombro y repitiendo la experiencia. Viven en Astigarraga y es la quinta vez que acogen a Katerina en su hogar, y la tercera que lo hacen con Juliya. Para ellos, «ya son dos hijas más». Durante todo este tiempo, Katerina ha ido adquiriendo un gran dominio del euskera y se mueve como pez en el agua por la pequeña localidad guipuzcoana. Lo que más le gusta es «la piscina y el local juvenil del municipio», porque organizan «muchas actividades». Aunque para la pareja «verles disfrutar es lo más bonito», son prudentes a la hora de afirmar si el año que viene volverán a sumarse a la iniciativa, porque «supone un esfuerzo económico importante». Pasarán por lo menos diez meses sin verlas.
Barreras idiomáticas
Los ojos vidriosos de María Jesús Uria delatan el mar de emociones que está viviendo con el agur a Juliya. Es la segunda vez que se suma al proyecto y considera la experiencia como «algo muy positivo». Aún se acuerda de la primera vez que vio a la pequeña y las artimañas que tuvo que emplear para superar la barrera idiomática. «Al principio nos entendíamos por gestos, pero en más de una ocasión tuve que echar mano de un diccionario que me compré», reconoce.
Aunque los niños se sienten encantados con su estancia, los dos meses que han pasado lejos de sus hogares les han pasado factura y en sus miradas se dibuja la emoción de volver a ver a sus padres. No obstante, la despedida, aunque agridulce, suele ir acompañada de la esperanza lógica de los que esperan volver a encontrarse. «Hasta el año que viene», piensan la mayoría.

Fuente: El Correo / 

Niños de Chernobil, teléfono de acogida: 670 419 078

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